Punta Cana. El Lunes Santo, segundo día de la Semana Santa, tiene un profundo significado dentro de la tradición cristiana. Según los evangelios, este día marcó uno de los actos más contundentes de Jesús durante su paso por Jerusalén: la purificación del templo.
Tras su entrada triunfal el Domingo de Ramos, Jesús regresó al templo de Jerusalén y encontró que el lugar sagrado había sido convertido en un mercado, donde se comerciaban animales para los sacrificios y se realizaban actividades lucrativas bajo el disfraz de religiosidad.
Indignado, tomó un látigo y expulsó a los mercaderes, volcando las mesas de los cambistas y declarando: “Mi casa será llamada casa de oración, pero vosotros la habéis hecho cueva de ladrones”.
Este acto no solo fue una manifestación de autoridad espiritual, sino también una crítica directa a las prácticas corruptas de los líderes religiosos de la época. Fue un momento decisivo que encendió aún más las tensiones entre Jesús y las autoridades judías, quienes comenzaron a buscar con más urgencia la forma de arrestarlo.
El Lunes Santo también incluye otro evento simbólico: la maldición de la higuera estéril. Cuando Jesús se acercó a una higuera en busca de fruto y no encontró nada, la maldijo, y la planta se secó. Este hecho es interpretado como una metáfora de la fe sin obras: una advertencia sobre el vacío espiritual que puede existir tras una apariencia de religiosidad.
A lo largo de la historia, el Lunes Santo ha sido recordado como un llamado a la autenticidad en la fe, a limpiar el corazón de todo lo que lo contamina, y a rechazar toda forma de hipocresía. Es un día de introspección profunda, que invita a los creyentes a vivir una fe viva, coherente y comprometida con el bien.
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