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El Punta Cana que queremos

Por Oscar Quezada

#Bávaro #Punta Cana #República Dominicana #Verón

PUNTA CANA. Esta pueblo ha sido, durante años, más una idea que un lugar. La hemos idealizado como vitrina del éxito turístico, como sinónimo de progreso rápido, de inversión constante y de oportunidades infinitas.

En el imaginario colectivo aparece limpia, ordenada, próspera, eficiente. Una postal que se repite en discursos y campañas de proyección internacional. Pero esa imagen, aunque es real y palpable, está incompleta.

Punta Cana es también una comunidad que requiere intervención en áreas que son vitales para garantizar el desarrollo integral de su gente.

La idealización ha tenido un efecto doble. Por un lado, nos impulsó a crecer. Creer que este territorio podía convertirse en referencia internacional fue el motor que atrajo capital, empleo y desarrollo. Por otro, nos hizo posponer conversaciones incómodas.

Bajo la promesa permanente de crecimiento, se normalizaron improvisaciones, se toleraron desigualdades y se dejó para “después” la construcción de una ciudad pensada para quienes la habitan, no solo para quienes la visitan.

Hoy Punta Cana es víctima de su propio éxito. Creció más rápido que su planificación. La infraestructura va detrás de la demanda, los servicios públicos no siempre acompañan el ritmo del desarrollo y la convivencia social se resiente cuando el progreso no se distribuye con equilibrio.

La movilidad, el acceso al agua, la gestión de residuos, la seguridad vial y el orden urbano ya no son advertencias futuras, sino más bien realidades cotidianas.

¿A QUÉ ASPIRAMOS, ENTONCES?

El Punta Cana que queremos no puede seguir siendo solo una aspiración abstracta. Debe convertirse en un proyecto común, concreto y medible. Un territorio donde el desarrollo económico no compita con la calidad de vida, sino que la sostenga.

Donde el trabajador del turismo, el comerciante, el estudiante y el empresario compartan una ciudad funcional, segura y humana.

De cara al 2026, el primer paso es abandonar la comodidad del discurso y asumir la corresponsabilidad. No todo depende del Estado, ni todo puede recaer en el sector privado. Punta Cana necesita una alianza real entre autoridades, empresarios y ciudadanía.

Una alianza que no se limite a mesas de diálogo simbólicas, sino que produzca decisiones claras y seguimiento constante.

Planificar ya no es opcional. Es urgente ordenar el crecimiento urbano con criterios técnicos y visión a largo plazo. Definir dónde se construye, cómo se construye y para quién se construye.

Pensar el transporte más allá del parche, priorizando soluciones que reduzcan el caos vial y dignifiquen el desplazamiento diario de miles de personas. Invertir en espacios públicos que no sean un lujo, sino un derecho.

También debemos revisar nuestra relación con el entorno. Punta Cana no puede seguir creciendo de espaldas a su fragilidad ambiental. El agua, las playas, los humedales y las áreas verdes deben asumirse como base del desarrollo.

Protegerlos exige regulaciones firmes, pero también conciencia colectiva. El descuido ambiental termina pasando factura económica y social.

MÁS, AÚN

Otro reto clave es la cohesión social. La brecha entre zonas turísticas y comunidades residenciales genera resentimiento, inseguridad y pérdida de sentido de pertenencia.

Esto último es posible lograrlo. ¿Cómo? Integrar servicios de calidad, mejorar la educación, fortalecer la salud y promover oportunidades reales, es la mejor forma de invertir en estabilidad.

Debemos hacerlo sin dilación, porque una ciudad fragmentada no es sostenible, por más rentable que parezca.

El Punta Cana que queremos también requiere una cultura ciudadana más activa. Menos resignación y más participación. Menos quejas aisladas y más organización y propuestas constructivas.

Exigir transparencia, respetar las normas, cuidar los espacios comunes y entender que cada acción individual impacta el todo. No estoy hablando de idealizar al ciudadano perfecto, sino de edificar hábitos colectivos que eleven la convivencia a niveles aceptables y que produzca resultados alentadores.

En 2026, Punta Cana puede decidir si sigue viviendo de la imagen que proyecta o si se atreve a parecerse a la ciudad que promete ser. El verdadero reto no es crecer más, sino crecer mejor. Pasar de la improvisación a la planificación y a la defensa del bien común.

El Punta Cana que queremos no se construye con slogans. Se construye con responsabilidad compartida y con la voluntad de mirar de frente nuestras contradicciones. Solo así esta tierra se convertirá, de verdad, en un lugar digno para todos los que la llamamos hogar.

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