Una ONU para la humanidad

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    De cierta forma todos hemos escuchado sobre la existencia y trabajo de la Organización de las Naciones Unidas, la ONU. Sin embargo, en muy pocas ocasiones podemos vivir sus procesos y experimentar sus diálogos y negociaciones globales. Desde el 2012 – cuando presidí la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado de la República, después como Presidenta de la Unión Interparlamentaria y ahora en mi calidad de Copresidenta de UHC2030 – he sido parte y testigo de varios consensos interesantes.

    Involucrarme en los procesos de la ONU cambió muchos conceptos que tenía hasta ese momento. Por una parte, mis visitas a los campos de refugiados en Jordania durante la crisis en Siria me mostraron el lado humano de esta inmensa organización. Por otra, al encabezar encuentros parlamentarios en el marco de las reuniones de la ONU, aprendí de la enorme dificultad que se debe atravesar para lograr consensos entre naciones diversas y plurales. Negociar un texto en espacios multilaterales nos enfrenta con el “Babel” que sólo podía imaginar a través de algunos libros.

    Hace unos días acudí a las audiencias que convocó el Presidente de la Asamblea General de la ONU, con motivo de las 3 reuniones de alto nivel sobre salud que se llevarán a cabo en septiembre próximo: tuberculosis, cobertura sanitaria universal, así como preparación y respuesta frente a pandemias. De cierta forma estas audiencias se convierten en el espacio de apertura de la Organización hacia la sociedad pero, al mismo tiempo, contrasta con los estrictos controles para el registro, seguridad y posibilidad de utilizar la palabra en ellas. La ONU ha hecho esfuerzos significativos por llevar sus convocatorias más allá de sus sedes – tal y como abrió la consulta con motivo del 75 aniversario de la creación de la ONU – pero la realidad es innegable: los esfuerzos realizados en la Organización sólo llegarán a la gente si existe la voluntad política para hacerlo en los gobiernos nacionales. Condición que suele no suceder.

    Confieso que encuentro en la ONU un espacio fascinante. Sin duda, lo que más disfruto son las reuniones con personas que hablan con franqueza y conocen la realidad global a la que desafían, como sucede en cada conversación con Csaba Kőrösi, Presidente de la Asamblea General, y Amina Mohammed, la Vicesecretaria General. Aprendí del dinamismo de  Vladímir Voronkov, Secretario General Adjunto de la Oficina de Lucha Contra el Terrorismo de las Naciones Unidas, con quien trabajé para involucrar a los parlamentarios de todo el mundo en esta importante causa. Me sorprendieron los retos enfrentados por quienes trabajan en algunas zonas de África y Medio Oriente; para ellos la definición de “emergencia” no sólo se trataba del covid-19 sino se sumaba al hambre, el terrorismo y el ébola.

    Como en toda organización, la naturaleza humana siempre está presente; también debo reconocer que existen algunos personajes que parecen más preocupados por sus egos y la comodidad de sus escritorios en Nueva York o Ginebra que por salvar al planeta.

    No todas las experiencias han sido positivas, la ONU también me ha generado frustraciones: me enoja no poder apoyar directamente a los países porque existen oficinas nacionales que asumimos que están haciendo esa tarea. Me desesperan las salas enormes llenas de discursos leídos que se convierten en diálogos sordos. Me indigna la indiferencia de algunos países frente a la tragedia, sólo porque cuidan sus agendas bilaterales y puede pesar más el dinero que los derechos humanos.

    Más allá de estas dificultades, cada vez que llego a la ONU siento una enorme inspiración: estoy convencida de que podemos – y tenemos – que transformar al mundo en uno más justo, influyente, sustentable y feminista. En la ONU cada país tiene un voto, una voz y un compromiso que se plasma en la Carta de las Naciones Unidas. Es urgente hacerlo realidad, y traducir todos los acuerdos globales en soluciones para la gente que tanto lo necesita.