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Hablar mucho; decir poco

Por Oscar Quezada

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La comunicación política es tan antigua como el ejercicio mismo del poder. Desde los oradores griegos hasta los estrategas modernos, los líderes han comprendido que gobernar no solo implica administrar, sino también saber comunicar. Sin embargo, en República Dominicana todavía abundan políticos que desprecian la importancia de esta herramienta estratégica, convencidos de que pueden manejarla guidados por su instinto personal. El error es recurrente.

Muchos de estos actores creen que su carisma, sus discursos espontáneos o la costumbre de hablar en tarimas bastan para conectar con la gente. Otros, en un gesto de arrogancia, consideran innecesario rodearse de expertos en comunicación política. El resultado es, en consecuencia, desastroso para sus carreras políticas. Y esto se expresa en mensajes contradictorios, errores mediáticos costosos y crisis reputacional que no siempre se logran reparar.

Quizás la raíz del problema está en una cultura muy dominicana: la creencia de que todos sabemos de todo. Bajo esta mentalidad, se subestima el rol del estratega, del asesor y del analista de opinión pública. Se confunde la comunicación política con simples notas de prensa que al intentar decir no dicen nada o con publicaciones ligeras y desordenadas en redes sociales.

Esos políticos olvidan que, detrás de cada palabra, gesto o silencio de un líder, está de por medio la confianza de la ciudadanía. Un político que comunica mal afecta su imagen, distorsiona el debate público y debilita la democracia. Hablar sin un plan previo de comunicación abre espacio a la manipulación y al descrédito público. La ciudadanía de hoy es cada vez más crítica y exigente, por lo que persistir en la improvisación se traduce en irresponsabilidad y derrota. El funcionario o político que ignora la comunicación estratégica se sabotea a sí mismo y le falla al pueblo que espera de él claridad, coherencia y respeto.

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