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El infierno en casa

Por Oscar Quezada

#Opinión

Verla llorar me hizo el alma trizas. Era un llanto de desahogo, de esos que brotan del dolor acumulado. Mientras hablaba, sus palabras se cortaban sin querer.

Lo que esa mujer contaba era más que una historia; reconstruían un infierno vivido en silencio durante años. Tres hijos y una vida marcada por el miedo. El hombre con quien decidió compartir su vida se convirtió en su verdugo.

No solo la golpeaba; también la humillaba, le quemaba la ropa, le destruía lo poco que tenía. La hizo sentirse pequeña e inútil; que no valía nada.

Pero lo más duro no fue solo la violencia dentro de casa, sino el abandono fuera de ella. Cuando intentó escapar, cuando reunió fuerzas para huir de su agresor recurrente, su propia familia le dio la espalda. La rechazaron con sus hijos. La devolvieron, una y otra vez, al mismo lugar del que intentaba salvarse.

Imagino el vacío de tocar puertas y que ninguna se abra. Imagino la pesada carga de esta mujer, por no saber a dónde ir. Ahí entendí algo que duele aceptar. Y es que la violencia machista no solo destruye cuerpos, también rompe redes de apoyo, desarma la esperanza y condena al aislamiento.

Y cuando a eso se le suma la dependencia económica, el encierro se vuelve casi absoluto. La mujer siente que no hay salida. Que escapar es cambiar un sufrimiento por otro.

En esos momentos infernales sintió que el Estado la había abandonado. Que el sistema que debía protegerla no llegó a tiempo, o simplemente no llegó.

Hoy, después de escucharla, me queda claro que hay historias que no deberían existir. Pero existen. Y mientras existan, el peligro sigue siendo real. Porque una mujer que logra huir no siempre está a salvo.

A veces, apenas está comenzando otra batalla.

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