Jerusalén. En una noche marcada por la intimidad, el servicio y la traición, Jesús de Nazaret celebró la tradicional cena de Pascua junto a sus discípulos, en lo que se conoce como la Última Cena, momento central del Jueves Santo y antesala de su pasión y muerte.
Durante esta cena, Jesús instituyó el sacramento de la Eucaristía, al tomar el pan y el vino y decir: “Este es mi cuerpo, que por ustedes es entregado. Esta es mi sangre, que será derramada por muchos.”
Con este acto, selló una nueva alianza entre Dios y la humanidad, dejando un mandato claro: “Hagan esto en memoria de mí.”
Antes de compartir la cena, Jesús dio un gesto de humildad y servicio al lavar los pies a sus discípulos, enseñándoles que quien quiera ser grande, debe hacerse servidor. “Si yo, el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros”, dijo.
En medio del ambiente fraterno, Jesús sorprendió a todos al anunciar que sería traicionado por uno de los presentes. Poco después, Judas Iscariote salió de la reunión, confirmando las sospechas de su papel en los eventos que se avecinaban.
Al finalizar la cena, Jesús se dirigió al Huerto de Getsemaní, donde pasó horas en oración profunda, en medio de una intensa angustia, mientras sus discípulos no pudieron mantenerse despiertos.
Finalmente, avanzada la noche, Jesús fue arrestado tras la llegada de una multitud armada enviada por los líderes religiosos. La traición de Judas se selló con un beso, marcando así el inicio de las horas más oscuras de la historia cristiana.
El Jueves Santo deja un legado de amor, humildad y entrega, que sigue siendo ejemplo y misterio para millones en todo el mundo.
Fuente: externa
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