Más allá de su música y de la reciente noticia de su fallecimiento, Luvi Torres deja un legado que trasciende el escenario. La artista argentina, referente del nuevo folklore, dedicó su carrera no solo a innovar con sonidos ancestrales, sino también a convertir el canto en una herramienta de sanación, identidad y conciencia colectiva.
Luvi combinaba elementos del folklore tradicional —como la zamba y la chacarera— con géneros como el rock, la electrónica y la música de raíz espiritual. Su trabajo discográfico incluye Ser el agua (2014), Transelementes (2020) y Uoaei (2020), piezas en las que su voz no solo narraba, sino que buscaba activar una conexión sensorial con la tierra y el cuerpo.
En los últimos años, creó espacios como “Ser Canto Medicina” y “Cantar Sana”, donde trabajó con mujeres y comunidades para recuperar el uso ancestral del canto como puente hacia el bienestar físico y emocional. “No es solo cantar, es recordar quiénes somos a través del sonido”, dijo alguna vez en un encuentro en Córdoba.
Su mirada espiritual marcó su proceso de salud. Tras ser diagnosticada con cáncer en 2023, eligió no seguir tratamientos oncológicos convencionales y apostó por un camino de autosanación basado en canto, meditación y prácticas chamánicas.
Aunque en 2024 declaró estar en remisión, su estado de salud volvió a deteriorarse a mediados de 2025, falleciendo a los 36 años.El Instituto Nacional de la Música (INAMU) y colegas de todo el país la recordaron no solo por su talento, sino por haber sido “una sembradora de conciencia”, como la describió la artista Sofía Viola.
En tiempos de hiperproducción musical, Luvi Torres ofreció algo diferente: una propuesta íntima, ritual, profundamente conectada con lo espiritual y con la memoria latinoamericana.
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