COLOMBIA. Detrás del atentado que mantiene entre la vida y la muerte al senador Miguel Uribe, emerge una realidad más inquietante que la bala misma: un menor de edad convertido en sicario.
El ataque, que ha estremecido al país, no solo pone en jaque la seguridad de los líderes políticos, sino que expone con crudeza cómo la niñez sigue siendo usada como carne de cañón por redes criminales que operan impunemente en los márgenes de la sociedad colombiana.
Según datos obtenidos por la Agencia AFP, el agresor, un adolescente de apenas 15 años, fue capturado tras una breve persecución, mientras gritaba que estaba dispuesto a colaborar.
Las autoridades lo vinculan a una estructura delictiva que, como en los años más crudos del narcotráfico, utiliza a menores como herramientas descartables para ejecutar crímenes de alto impacto, beneficiándose de su inimputabilidad parcial ante la ley.
No se trata solo de un caso aislado o una falla en los anillos de seguridad. Este episodio refleja una fisura estructural: un joven sin madre, sin la presencia de su padre, criado por una tía, termina empuñando una pistola Glock —arma que no es de fácil acceso ni barata— para disparar contra un senador de la república, sin un móvil claro, y bajo una presunta manipulación criminal.
Para expertos en seguridad y niñez, esto es un síntoma. “Cuando el crimen organizado recluta a los más jóvenes, no solo gana poder operativo: gana tiempo, porque siembra hoy a quienes serán los jefes del mañana”, advierte un investigador del Instituto de Bienestar Familiar que prefirió el anonimato.
Más allá de la evidente gravedad del atentado político, hay una Colombia que sangra silenciosamente: la de niños sin futuro, reclutados por estructuras que saben moverse donde el Estado no llega.
El intento de asesinato contra Miguel Uribe no solo hiere a un candidato presidencial; es una puñalada al presente y futuro de una generación.
Mientras las autoridades multiplican las pesquisas, ofrecen recompensas millonarias y siguen líneas políticas, en los barrios vulnerables se gesta otra tragedia: la repetición del ciclo.
Porque el verdadero escándalo no es solo que hayan querido matar a un senador, sino que lo haya intentado un niño armado con el silencio de un país que no supo cuidarlo.
Fuente: Agencia AFP
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