VERÓN. El jueves 17 de septiembre de 2026, Naomi Flerant, una niña de apenas dos años y menor de cuatro hermanos, murió dentro de su vivienda tras ser alcanzada por una bala en Cristinita, distrito Verón-Punta Cana, dejando a sus padres, familiares y vecinos frente a una despedida que nadie estaba preparado para vivir.
La casa azul que hasta hace poco era escenario de los días de Naomi se convirtió en el punto de encuentro de familiares y vecinos que llegaron para acompañarla en sus últimas horas. Frente a ella, debajo de una carpa, estaban los globos blancos que rodeaban la pequeña caja donde reposaba su cuerpo.
Pero dentro de aquella vivienda estaba el dolor más difícil de mirar.
La madre de Naomi tenía los ojos hinchados por el llanto. Sentada en una silla que primero permaneció dentro de la casa y luego fue llevada hasta el frente, intentaba mantenerse en pie emocionalmente mientras sostenía entre sus manos un vestido rosado de su hija. Lo miraba y lloraba. Una y otra vez volvía la mirada hacia aquella pequeña prenda, como si en ella pudiera encontrar algo de la niña que acababa de perder.






Llevaba una toalla amarrada a la cintura, aparentemente de la pequeña.
Desde el interior de la casa se escuchaban sus gritos. El llanto de una madre que acababa de perder a su hija llegaba hasta el frente de la vivienda y se mezclaba con el silencio de quienes permanecían afuera acompañando a la familia.
Cuando llegó el momento de sacar el féretro, la escena se hizo todavía más difícil.
La madre entró nuevamente a la casa entre lágrimas. Se resistía a aceptar que aquella sería la última vez que tendría frente a ella el cuerpo de su pequeña. Mientras se limpiaba el rostro, repetía entre sollozos: “No, no, no”.
Afuera, familiares y vecinos intentaban contener el dolor. Algunos se abrazaban; otros permanecían en silencio. El padre de Naomi participaba en las diligencias para su sepultura, pero tampoco podía ocultar las lágrimas. Con el chaleco que llevaba puesto se secaba el rostro mientras otras personas trataban de consolarlo.


Naomi fue llevada hasta La Ceiba para recibir el último adiós.
Según relataron vecinos, la niña se encontraba dentro de su vivienda, como acostumbraba, cuando escucharon un ruido. Posteriormente se percataron de que había recibido un impacto de bala en un costado del cuerpo. Un hermano la trasladó hasta un centro médico, pero ya era demasiado tarde cuando llegó.
Los vecinos aseguraron que Naomi no acostumbraba salir de la vivienda y que solía permanecer cerca de la verja. También señalaron que no hay cámaras que hayan captado el momento del hecho y que la única cámara que había en el entorno no registró lo ocurrido.
La tragedia golpeó también a quienes acompañaron a la familia. Algunos de los vecinos, especialmente quienes son padres, no podían contener las lágrimas mientras hablaban de la muerte de la niña. Para ellos, perder a un hijo es un dolor que no debería formar parte de la vida de ninguna familia.
Mientras algunos permanecían junto al féretro, otras personas salieron con carteles para exigir justicia por la muerte de Naomi.
Los reclamos se escuchaban desde una esquina, pero desde la casa todavía llegaba el llanto de su madre. Era el llanto de una mujer que había visto nacer a su hija y que, apenas dos años después, tuvo que verla partir.
Los familiares se acercaban para darle el último adiós. La madre, en cambio, permanecía sumergida en su propio dolor, como si una parte de ella todavía esperara que todo aquello fuera un espejismo y que, en cualquier momento, Naomi volviera a entrar por la puerta.
Hoy fue el último adiós de frente. Pero para una madre, un padre y cuatro hermanos, la ausencia apenas comienza. La pequeña Naomi ya no volverá a estar detrás de aquella verja ni correrá por la casa azul donde transcurrieron sus primeros años. Quedan sus prendas, sus recuerdos y el vacío que dejó su partida.




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