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¿Ya no es pecado la ‘música de calle’?

Por Oscar Quezada

Durante años, desde muchos púlpitos evangélicos se señaló con severidad un tipo de música asociada al cuerpo, a la calle y a la “mundanalidad”. El mambo, el merengue de calle y otros ritmos populares fueron presentados como expresiones incompatibles con la vida cristiana, no solo por sus letras, sino por lo que simbólicamente representaban: baile, desenfreno, goce.

Ese marco cultural empieza a resquebrajarse con fenómenos como el de Martha Candela. La artista no suaviza el ritmo ni lo disfraza. Utiliza exactamente el mismo lenguaje musical que antes fue objeto de censura, pero le cambia el contenido. Donde antes hubo rechazo, ahora hay apropiación.

Donde hubo prohibición, hoy hay estrategia.
Lo relevante no es solo que esta música encuentre eco dentro de comunidades religiosas, sino que trascienda ese espacio.

La nominación de Candela a los Premios Soberano confirma que una expresión antes combatida desde las iglesias ha logrado tal nivel de visibilidad que entra en el radar de la industria cultural formal.

Este hecho expone una contradicción histórica: la iglesia que durante décadas demonizó ciertos ritmos hoy convive con una generación que los usa como herramienta de evangelización. No se trata de una concesión estética, sino de un cambio de lectura.

El ritmo deja de ser el problema; ahora el mensaje pasa a ocupar el centro. Los Premios Soberano, al incluir esta propuesta en una categoría abierta, funcionan como termómetro social. No validan la doctrina, pero sí reconocen que una música antes marginada por la iglesia y por la industria ahora produce impacto, conversación y consumo.

El fenómeno obliga a una pregunta incómoda para ambos lados. Para las iglesias: ¿era el ritmo el problema o lo que se decía con él? Para la industria cultural: ¿qué ocurre cuando una propuesta religiosa compite de tú a tú con el entretenimiento secular sin pedir trato especial?, Más que una anécdota, esta nominación revela un desplazamiento cultural.

Lo que ayer fue señalado como inapropiado hoy encuentra aplauso, tarima y jurado. Y en ese tránsito, tanto la iglesia como el espectáculo quedan expuestos a una revisión inevitable de sus propios discursos.

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