Mucho antes de que Higüey fuera conocida por su Basílica, su desarrollo turístico y sus hermosas playas, nuestra tierra fue escenario de una de las luchas más importantes y dolorosas de la resistencia indígena en el Caribe. Allí, hace más de quinientos años, un cacique llamado Cotubanamá enfrentó el poder de los conquistadores españoles, decidido a defender la tierra, la libertad y la dignidad de su pueblo.
Su historia merece ser mucho más conocida por los dominicanos, especialmente por las nuevas generaciones.
Cotubanamá fue uno de los principales dirigentes del antiguo cacicazgo de Higüey, que ocupaba buena parte del territorio oriental de La Española. Aquella región estaba habitada por comunidades taínas que habían desarrollado una sociedad organizada, con sus propias autoridades, tradiciones, creencias y formas de subsistencia. Cultivaban la tierra, pescaban, navegaban entre las islas y mantenían una relación estrecha con la naturaleza.
No eran pueblos sin historia esperando ser descubiertos. Tenían una cultura que llevaba siglos desarrollándose y una manera propia de comprender el mundo.
Entre los nombres vinculados con aquel cacicazgo aparecen Cayacoa e Higuanamá, figuras que nos recuerdan la importancia de las autoridades indígenas y el papel que también desempeñaban las mujeres en aquellas sociedades. Aunque las crónicas no permiten reconstruir con precisión todos sus vínculos familiares y políticos, forman parte de la memoria histórica de Higüey.
La llegada de los españoles a La Española en 1492 inició un proceso que transformaría radicalmente la vida de sus habitantes. La búsqueda de oro, las exigencias de trabajo y los intentos de imponer el dominio colonial provocaron conflictos y levantamientos indígenas.
Higüey fue uno de los territorios donde aquella resistencia alcanzó mayor intensidad.
Cotubanamá encabezó la oposición a las campañas militares dirigidas por Juan de Esquivel bajo el gobierno de Nicolás de Ovando. Los enfrentamientos fueron especialmente violentos y dejaron numerosas víctimas entre las comunidades indígenas, que debieron enfrentar soldados armados con espadas, ballestas, caballos y perros de guerra.
Uno de los episodios más interesantes de aquella historia fue el guatiao, una ceremonia indígena mediante la cual Cotubanamá y Juan de Esquivel intercambiaron sus nombres como expresión de amistad y hermandad simbólica. El acuerdo buscaba poner fin a los enfrentamientos, pero la paz no perduró. Los abusos y las tensiones posteriores provocaron una nueva guerra que terminó siendo devastadora para Higüey.
La isla Saona ocupa un lugar especialmente importante en estos acontecimientos. Hoy es uno de los destinos turísticos más admirados del Caribe, pero pocos de sus visitantes conocen el drama humano que allí se vivió durante la conquista.
Saona fue escenario de la persecución y captura de Cotubanamá. El cacique buscó refugio en aquella isla, pero finalmente fue apresado por los españoles y trasladado a Santo Domingo, donde murió ahorcado por disposición de las autoridades coloniales, a comienzos del siglo XVI.
Su muerte representó un golpe decisivo para la resistencia organizada de Higüey, pero no consiguió borrar su nombre de la historia.
La figura de Cotubanamá debe ser recordada junto a la de otros grandes protagonistas de la resistencia indígena, como Caonabó, Anacaona y Enriquillo. Cada uno enfrentó circunstancias diferentes, pero todos forman parte de una historia que merece mayor presencia en nuestra educación y en la memoria nacional.
Y aquí quiero detenerme en algo que considero fundamental: no podemos seguir mirando nuestra historia indígena como un simple capítulo anterior a la llegada de los españoles. Los taínos forman parte de nuestras raíces. Su presencia permanece en nuestra alimentación, en numerosas palabras que utilizamos y en los nombres de muchos lugares de nuestro territorio.
Como higüeyano, considero que tenemos una responsabilidad especial con esa memoria. Nuestra provincia ha alcanzado un extraordinario protagonismo turístico y económico, pero su grandeza no comenzó con los hoteles ni con las inversiones modernas. Tenemos una historia anterior, profunda y valiosa que también debemos mostrar al mundo.
El Parque Nacional Cotubanamá constituye una oportunidad para hacerlo. Además de proteger uno de nuestros patrimonios naturales más importantes, su nombre nos invita a reconocer el pasado indígena de la región. Debemos aprovechar ese espacio para fortalecer la educación histórica, la investigación arqueológica y las iniciativas culturales que permitan conocer mejor a nuestros antepasados.
Sería valioso que nuestros estudiantes conocieran con mayor profundidad las historias de Cayacoa, Higuanamá y Cotubanamá; que quienes visitan Saona pudieran descubrir también su importancia histórica, y que nuestros museos, centros educativos y espacios culturales contribuyeran a conservar ese legado.
Rescatar la memoria de Cotubanamá no significa alimentar resentimientos por acontecimientos ocurridos hace cinco siglos. Significa reconocer la historia completa, con sus encuentros, conflictos, injusticias y transformaciones, sin ocultar el sufrimiento de quienes habitaban estas tierras antes de la conquista.
Cotubanamá perdió la guerra y murió lejos de Higüey. Sin embargo, más de quinientos años después, seguimos recordando su nombre. Esa permanencia demuestra que la importancia de una vida no siempre se mide por sus victorias, sino también por aquello que una persona estuvo dispuesta a defender.
Antes de que Higüey fuera conquistada, hubo un pueblo que la llamó su hogar. Antes de que Saona fuera un paraíso turístico, fue territorio de nuestros antepasados. Y antes de que Cotubanamá se convirtiera en historia, fue un hombre que defendió su tierra.
Conocerlo, recordarlo y transmitir su legado a las nuevas generaciones es una deuda que tenemos con nuestras propias raíces.
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