Por Rafael Barón Duluc
Una guerra entre Irán e Israel parece, a simple vista, un conflicto lejano. Geográficamente distante, culturalmente ajeno, y fuera de nuestra agenda cotidiana. Sin embargo, lo que está en juego trasciende esas fronteras: se trata de uno de los eventos más peligrosos de la última década, capaz de desatar una crisis energética, una ola inflacionaria y nuevos riesgos de seguridad internacional. Y República Dominicana, como país pequeño, abierto y dependiente del comercio exterior, no está blindada ante estas consecuencias.
En el escenario más grave, una guerra abierta y prolongada entre Irán e Israel, el mundo enfrentaría un nuevo “cisne negro” geopolítico. Irán, actor clave en el mercado energético global, podría cerrar el Estrecho de Ormuz, por donde pasa el 20% del petróleo mundial. El precio del crudo podría superar los 120 o incluso los 130 dólares por barril. Si eso ocurre, la factura petrolera dominicana se duplicaría en cuestión de meses, desestabilizando nuestras finanzas públicas y disparando la inflación.
Recordemos que República Dominicana importa el 100% del petróleo que consume. Cada dólar adicional por barril se traduce en millones que debemos pagar de más. En 2024, gastamos más de 4,700 millones de dólares en petróleo; un conflicto así podría llevarnos a gastar 9,000 o más en 2025. Ese exceso no está presupuestado.
El impacto sería inmediato: subiría el precio de la gasolina, del transporte, de la energía eléctrica y, por ende, de los alimentos. La inflación se dispararía, afectando directamente a las familias más vulnerables.
Pero uno de los sectores más golpeados sería, sin lugar a dudas, el turismo. Y eso es una preocupación nacional, pero también profundamente provincial, especialmente para La Altagracia, cuya columna vertebral económica es el turismo. Lugares como Punta Cana, Bávaro y Bayahíbe no solo lideran las llegadas internacionales, sino que generan miles de empleos directos e indirectos. Allí se concentra buena parte de las divisas, las inversiones y el dinamismo del sector servicios en el país.
Un conflicto global de esta naturaleza genera incertidumbre. El petróleo caro encarece los boletos aéreos, la operación hotelera y la logística turística. Pero más allá de eso, la percepción internacional de inseguridad o recesión frena decisiones de viaje. En tiempos de crisis, el turismo es uno de los primeros sacrificios en el presupuesto de las familias. Y cuando eso ocurre, Punta Cana, Bávaro y Bayahíbe lo sienten de inmediato.
Restaurantes con menor ocupación, vuelos con menos pasajeros, reservas en descenso, desempleos. Todo el engranaje económico de la provincia gira en torno a la estabilidad del turismo. Si se reduce la afluencia de turistas de Estados Unidos, Canadá o Europa, decae el consumo local, el transporte, las excursiones, el comercio informal, y hasta los ingresos fiscales. Bayahíbe, que ha ido consolidando un modelo turístico más ecológico y cultural, también vería amenazada su capacidad de sostener su crecimiento si la crisis global reduce el flujo de visitantes o encarece los costos operativos de las pequeñas y medianas empresas turísticas.
Pero el impacto no es solo económico. En un escenario de guerra directa, se activan otros frentes peligrosos: el cibernético y el terrorismo internacional. Irán cuenta con sofisticadas capacidades de guerra informática. Si se siente acorralado, podría lanzar ciberataques masivos contra infraestructuras occidentales. Y aunque República Dominicana no sea un blanco primario, la interconexión de los sistemas hace posible que seamos víctimas colaterales: un virus que ataque redes financieras o energéticas globales podría llegar a nuestros bancos, aeropuertos o servicios esenciales.
Además, existe el riesgo de ataques terroristas a intereses israelíes o judíos en América Latina. Ya ocurrió en el pasado. Y hoy, con la presencia documentada de células radicales en Sudamérica y el Caribe, nuestros servicios de inteligencia deben estar alerta. Aeropuertos internacionales como el de Punta Cana, por su alto tránsito y exposición, requieren atención especial ante posibles amenazas híbridas.
En definitiva, cuando dos potencias chocan en Medio Oriente, el temblor se siente hasta en el Caribe. Punta Cana, Bávaro y Bayahíbe no están fuera del mapa de riesgos globales. República Dominicana no puede ser espectadora pasiva de un conflicto que ya sacude los mercados y amenaza nuestra principal fuente de divisas. Las guerras lejanas, cuando afectan al petróleo, al turismo y a la seguridad, se vuelven locales.
La responsabilidad nuestra es prepararnos. Y la primera forma de hacerlo es no creernos que eso es un conflicto lejano y que no nos puede afectar.
![]()
![]()


