El reciente feminicidio-suicidio ocurrido en el sector Hainamosa, Santo Domingo Este, vuelve a colocar sobre la mesa una realidad compleja en el ámbito de las relaciones de pareja.
Un capitán retirado del Ejército dominicano, identificado como Jesús Jáquez, de 50 años, ultimó a su pareja sentimental, Ramonita Aquino, y luego se quitó la vida. Versiones ofrecidas por familiares y vecinos indican que la pareja tenía dos hijos, llevaba años de relación y, aunque estaban en proceso de divorcio, continuaba residiendo bajo el mismo techo, ocupando habitaciones distintas.
Algunas informaciones indican además que el hombre había manifestado amenazas contra su pareja y atravesaba situaciones de inestabilidad emocional.
Cuando una pareja ha decidido separarse emocionalmente, pero continúa viviendo bajo el mismo techo, especialmente después de una relación larga y con hijos de por medio, se crea una situación de alto riesgo si existen conflictos no resueltos o, peor aún, problemas de salud mental.
El verdadero problema surge cuando esa convivencia ocurre en un ambiente de tensión permanente. Para una de las partes, cada día puede representar una confirmación del rechazo; para la otra, una sensación de vigilancia, presión o miedo.
La casa deja de ser un espacio de refugio y se convierte en un escenario donde los conflictos se alimentan constantemente. Desde una perspectiva preventiva, cuando una relación llega a un punto de ruptura y existen amenazas, obsesión, conductas controladoras, episodios depresivos graves o antecedentes de violencia, la recomendación de especialistas suele ser reducir al mínimo la convivencia y activar redes de apoyo familiar e institucional.
No porque la separación física garantice que no ocurrirá una agresión, sino porque disminuye la exposición cotidiana a detonantes emocionales que pueden escalar situaciones ya peligrosas.
Lo más doloroso de estos casos es que muchas veces las señales aparecen antes de la tragedia.
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