Por Rafael Barón Duluc Rijo
La República Dominicana es reconocida globalmente por sus playas, su clima y su hospitalidad. Sin embargo, el turismo del siglo XXI exige más que sol y arena: busca experiencias auténticas, identidad y cultura. Y hoy, la gastronomía es una de las principales motivaciones de viaje para millones de personas en el mundo.
En América Latina, países como México, Argentina y Perú, han entendido este fenómeno y lo han convertido en política pública. Han firmado acuerdos con Michelin Experiences, logrando que la Guía Michelin, el más prestigioso referente de excelencia gastronómica global, evalúe y distinga sus mejores restaurantes. Esto no solo ha elevado el perfil de sus cocinas, sino que ha impulsado sus economías locales, generado empleo y posicionado a estos destinos en el mapa de los viajeros de alto poder adquisitivo.
La República Dominicana tiene todo el potencial para dar ese mismo paso. Contamos con ingredientes únicos, una cocina diversa y sabrosa, chefs formados internacionalmente y propuestas culinarias innovadoras en ciudades como Santo Domingo, Santiago, Punta Cana y Jarabacoa. Además, tenemos un orgullo nacional como María Marte, la única chef dominicana con dos estrellas Michelin, que hoy impulsa desde su tierra un modelo de alta cocina con identidad local.
Lo que nos falta no es talento, sino estrategia. Por eso hemos propuesto en el Congreso Nacional un proyecto de ley para impulsar el turismo gastronómico, como parte integral de nuestra política turística y cultural. Esta iniciativa busca posicionar la gastronomía como motor de desarrollo, fomentar la excelencia en el sector, conectar a los productores locales con los restaurantes y promover al país como un destino culinario de clase mundial.
Una de las metas naturales de esa estrategia debe ser atraer la Guía Michelin a la República Dominicana. Esto no ocurre por casualidad: requiere voluntad política, inversión público-privada, una propuesta de valor bien estructurada y territorios con potencial gastronómico. Países como Tailandia o Israel han logrado acuerdos similares, no porque sus cocinas fueran mejores, sino porque apostaron a mostrarlas al mundo con ambición y orgullo.
Imaginen lo que significaría ver a Santo Domingo, Punta Cana o Jarabacoa con restaurantes estrellados Michelin. Significaría más turistas, más empleos, más reconocimiento para nuestra identidad, y más oportunidades para nuestros jóvenes chefs y productores. Significaría también poner en valor nuestra herencia culinaria y proyectarla al futuro con creatividad.
No se trata de seguir una moda, sino de asumir que la cocina también construye país. Que detrás de cada plato hay cultura, economía, sostenibilidad y destino.
Ya otros lo lograron. ¿Y por qué no nosotros?
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