Jerusalén. En el tercer día de su última semana de vida terrenal, Jesús de Nazaret volvió a presentarse en el templo de Jerusalén, donde vivió una intensa jornada de enseñanza, confrontación y revelación profética, marcando así el día que hoy conocemos como Martes Santo.
Acompañado de sus discípulos y seguido por multitudes, Jesús dedicó largas horas a predicar parábolas, entre ellas la del banquete de bodas y la de los labradores malvados, con las que expuso el rechazo del pueblo a los profetas y la llegada del Reino de Dios. Sus palabras provocaron la incomodidad y el enojo de los líderes religiosos de la época.
Fariseos, saduceos y herodianos se turnaron para interrogarlo con la intención de hacerlo caer en contradicciones. Le preguntaron sobre temas como el pago de impuestos al César, la resurrección de los muertos y el mandamiento más importante de la Ley. Sin embargo, Jesús respondió con sabiduría, dejando sin argumentos a sus adversarios.
En un momento clave del día, Jesús se dirigió a sus discípulos en privado y pronunció lo que se conoce como el Discurso del Monte de los Olivos, donde habló del fin de los tiempos, la destrucción del templo, las señales del fin y su glorioso regreso. Estas palabras, cargadas de advertencias y esperanza, son recogidas en los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas.
El Martes Santo se recuerda como un día de decisiones y revelaciones, donde Jesús reafirmó su autoridad divina, denunció la hipocresía religiosa y sembró en sus seguidores la certeza de que, a pesar de lo que vendría, el Reino de Dios prevalecerá.
Fuente: externa
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