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Crecimiento acelerado de Punta Cana desafía capacidad reguladora de autoridades

Por Oscar Quezada

#Bávaro #La Altagracia #Punta Cana #República Dominicana #Verón

PUNTA CANA. El éxito de Punta Cana no está en discusión. Lo que empieza a cuestionarse es quién y cómo se está ordenando ese éxito y si realmente alguien lo está haciendo.

Durante años, el Ministerio de Turismo de la República Dominicana (Mitur) ha cumplido con eficacia su rol más visible y que pocos se atreven a discutir, que es promocionar el destino, atraer inversión y sostener el crecimiento.

Pero ese impulso ha dejado en segundo plano responsabilidades que no son accesorias, sino centrales, y que están claramente definidas en la Ley 541-69 de Turismo, planificación, regulación y coordinación del desarrollo turístico.

Punta Cana hoy no es solo un destino, es una ciudad en expansión acelerada. Y ahí es donde la primera falla se vuelve más evidente. La ley le asigna al Mitur la tarea de dirigir y organizar el desarrollo turístico.

Sin embargo, en la práctica, el crecimiento ha sido más rápido que la planificación efectiva. Los planes se anuncian, pero no se imponen como norma. El resultado es un territorio que se expande sin una lógica integral, donde cada proyecto responde más a la oportunidad que a una visión común.

La segunda responsabilidad es el control. La misma ley faculta al Mitur para autorizar y supervisar proyectos turísticos. Es decir, ningún desarrollo relevante ocurre al margen de su aprobación. Esto coloca a esa dependencia estatal como un filtro clave del crecimiento.

Sin embargo, ese filtro ha sido permeable. Se han aprobado proyectos en entornos donde la infraestructura no está preparada, donde las vías son insuficientes o el saneamiento es limitado. El modelo que se ha consolidado es claro, construir primero, resolver después.

A esto se suma un elemento estructural que refuerza esa dinámica. Con la Ley No. 158-01 de Fomento al Desarrollo Turístico, el Estado dominicano decidió impulsar la inversión turística mediante incentivos fiscales, especialmente en polos con alto potencial. Esa política fue fundamental para el despegue del sector. Facilitó capital, aceleró proyectos y posicionó al país como líder regional.

Pero esa misma ley, pensada para dinamizar el crecimiento, necesita un contrapeso. Mientras la Ley 158-01 empuja a expandir, la Ley 541-69 obliga a ordenar. En Punta Cana, ese equilibrio no se ha sostenido. El incentivo ha sido más eficaz que la regulación.

La tercera función del Mitur, la coordinación, también muestra fisuras. La ley le otorga la capacidad de articular el desarrollo turístico con otras instituciones del Estado. En la práctica, esto implica que el crecimiento debe ir acompañado de infraestructura, carreteras, agua, alcantarillado.

Sin embargo, la sincronización no ha ocurrido al mismo ritmo. Entidades como el Ministerio de Obras Públicas y Comunicaciones o el Instituto Nacional de Aguas Potables y Alcantarillados avanzan a paso de tortugas en sus respectivos roles.

Y DE ESTA DISTORSIÓN SE DERIVA…

El resultado es visible sin necesidad de grandes diagnósticos. Tráfico creciente en corredores saturados, presión sobre los servicios básicos, expansión urbana sin coherencia y señales de deterioro en la imagen del destino. No es un colapso, pero sin correctivos a tiempo se asoma la amenaza de un desgaste progresivo.

Conviene precisar algo para no distorsionar responsabilidades. Mitur no construye calles ni instala sistemas de agua. Pero su rol, definido por ley, es anterior y más estratégico, y es evitar que el desarrollo turístico ocurra donde esas condiciones no están garantizadas.

Cuando eso no se cumple, el problema deja de ser solo urbano y pasa a ser institucional.

Lo más relevante es que este escenario no responde a un vacío legal. Al contrario, ocurre dentro de un marco que contempla tanto el impulso como el control. La Ley 158-01 de Fomento al Desarrollo Turístico creó las condiciones para crecer. La Ley No. 541-69 de Turismo estableció las herramientas para ordenar. El problema es la distancia entre ambas en la ejecución.

Punta Cana ha entrado en una nueva etapa. Ya no es un polo emergente, es un destino consolidado que exige gestión, no solo promoción. Eso implica que el Ministerio de Turismo de la República Dominicana deje de actuar únicamente como motor del crecimiento y asuma plenamente su rol como árbitro del mismo.

Porque en turismo, el deterioro no ocurre de golpe. Se acumula. Y cuando se hace visible, ya no es un problema de atraer más inversión, sino de corregir lo que no se organizó a tiempo.

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