Hace aproximadamente cinco años viví una experiencia que terminó dejándome una reflexión que hoy considero necesaria compartir.
Conducía en horas de la mañana, rumbo al colegio con mis hijos, cuando un camión de carga impactó mi vehículo por la puerta del chofer. Fue un golpe fuerte, provocado por una distracción del conductor, que no advirtió que yo reducía velocidad frente a un semáforo en rojo.
Como cualquier padre, mi reacción inmediata fue comprobar que mi esposa y mis hijos estaban bien. Al confirmar que no había lesiones, me desmonté para observar el daño.
El camión se había detenido unos metros adelante y el chofer, junto a su acompañante, permanecía dentro.
Caminé hacia ellos. Mientras me acercaba, advertí que no había actitud desafiante ni intención de huir. Solo nerviosismo y un sentimiento de culpa evidenciado en el rostro de aquellos hombres.
Antes de reclamar, les pregunté si estaban bien, si les había ocurrido algo. La sorpresa de ellos fue evidente. No esperaban esas palabras.
El conductor se desmontó, me pidió disculpas y conversamos calmadamente. Todo pudo terminar en una escena de confrontación, como vemos repetirse en las calles, pero ocurrió lo contrario. Una reacción prudente desmontó el conflicto antes de que llegara.
Con frecuencia se habla de accidentes y agresividad que rodea muchos incidentes viales. No es raro que un simple roce termine en violencia.
Esa realidad obliga a pensar y actuar con sensatez en este tipo de situaciones, casi siempre cargadas de mucha tensión. La primera respuesta suele definir lo que viene después.
Una palabra ofensiva puede encender un problema mayor. Un gesto sereno puede apagarlo. No hablo de renunciar a reclamar derechos, sino más bien de actuar con sapiencia para preservar la vida y evitar tragedias. Muchas veces, la diferencia entre un incidente y una desgracia está en cómo reaccionamos.
![]()
![]()


