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Amos y señores de las calles

Por Oscar Quezada

#Accidente en motores #Distrito Verón-Punta Cana #Motores

Cada mañana, cuando salgo a trabajar, me topo con el mismo espectáculo en las calles de Verón-Punta Cana: una marea de motociclistas zigzagueando entre vehículos, sin orden, sin ley, y, lo más alarmante, sin miedo.

Uno pensaría que se trata de escenas aisladas, pero no. Es una danza peligrosa que se repite una y otra vez, todos los días, a todas horas.

A veces me detengo unos segundos en una esquina, solo para observar. Veo a motoristas rebasando por la derecha, por la izquierda, pasándose los semáforos en rojo, sin el más mínimo respeto por la vida ajena, ni por la propia. Muy pocos usan casco, y quienes lo hacen, llevan encima un simple cascarón roto, más por evitar una multa que por cuidarse.

La imprudencia parece ser su norma. Van con sus niños sin protección, llevan carga de más, o a veces a tres personas como si fuera lo más normal del mundo.

Y lo que más me inquieta es que cada día son más. La motocicleta se ha convertido en el transporte predilecto, quizás por su bajo costo y su rapidez en medio del tráfico. Pero también es el vehículo más mortal.

Ellos —los motoristas— son quienes engrosan las listas de accidentes, heridos y muertos en esta zona turística donde la velocidad, el desorden y la falta de autoridad se combinan para formar una bomba de tiempo.

Uno no puede evitar sentir indignación, pero también una profunda tristeza. Porque detrás de cada accidente hay una historia truncada, una familia que sufre, una vida que se apagó en segundos.

Y, sin embargo, los motoristas siguen igual, como si nada. Indecentes, sí, porque no respetan las normas. Irresponsables, porque no temen ser embestidos por una yipeta o un camión. Es como si jugaran a la ruleta rusa todos los días.

¿Dónde están las autoridades? ¿Dónde está la educación vial? ¿Dónde quedó el miedo a morir?

Yo los veo, y a veces siento que estoy en medio de un suicidio colectivo en cámara lenta. Tal vez ya no temen a la muerte porque se han acostumbrado a vivir al borde de ella. Pero nosotros, los que manejamos con precaución, también estamos en peligro. Porque un motorista imprudente puede acabar con tu vida en una simple maniobra temeraria.

Verón-Punta Cana necesita algo más que operativos esporádicos. Necesita una intervención urgente, firme, integral. Porque esta no es solo una crisis de tránsito; es una crisis de conciencia, de respeto y de sentido común.

Hasta que eso no cambie, seguiremos contando muertos. Y yo, seguiré escribiendo esta crónica de peligro cotidiano, deseando que algún día deje de tener sentido.

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