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Banalizando el deber ser

Por Oscar Quezada

#aplauso #dignidad #enseñanza

Punta Cana; Desde pequeños se nos enseña la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto. En casa, en la escuela, en la Iglesia o desde el marco de la ley, aprendemos que decir la verdad, cumplir con nuestros deberes, ayudar al prójimo y respetar las normas no son actos heroicos, sino principios básicos de convivencia.

Pero hay algo inquietante en aplaudir y premiar cada acción enmarcada en el bien hacer. Un policía que no acepta sobornos, un funcionario honesto o un ciudadano que devuelve una cartera perdida, se festeja y reconoce como una gran hazaña.

¿En serio eso nos parece digno de admiración? ¿O es que nos hemos acostumbrado tanto al caos y a lo inmoral, que cuando alguien actúa con decencia lo vemos como un milagro? Hemos llegado al colmo de premiar con dinero o pergaminos a quien lo hace bien.

Ya no se trata de vivir con ética, sino de mostrarla como un trofeo en busca de validación. Hacerlo bien y servir a los demás no debería ser motivo de alarde, sino una regla natural, casi silenciosa.

Por mandato legal, ético o espiritual, el ser humano está llamado al deber ser. No hay mérito extraordinario en cumplir la ley, brindar un buen servicio o ser gentil.

Es lo que corresponde a cada ciudadano dentro del orden social que comparte con sus semejantes. Lo demás, es distorsión y espectáculo. Esta cultura del reconocimiento desmesurado ha generado una sociedad hambrienta de aprobación, que mide el valor moral de sus actos por la cantidad de «me gusta» que recibe o certificados de reconocimientos acumulados.

Así, el bien pierde su esencia cuando se hace para ser visto, y no por convicción profunda. Cuando una buena acción requiere reflectores, deja de ser virtud y se convierte en vanidad.

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