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Culto a la vulgaridad

Por Oscar Quezada

#Espacio #VULGARIDAD

El espacio escolar, concebido como templo del saber y refugio de valores, ha sido mancillado por un hecho que estremece las simientes de la sociedad dominicana.

La grabación de un video musical con letras vulgares dentro de un centro educativo representa un exceso de irreverencia, y una herida simbólica que cuestiona hasta dónde hemos permitido que la banalidad invada los rincones más sagrados de la formación ciudadana.

El Ministerio de Educación reaccionó con suspensiones y medidas preventivas. Pero lo sucedido trasciende la responsabilidad administrativa.

Es el reflejo de una sociedad donde lo estrafalario se premia con aplausos digitales, y donde muchos jóvenes, ávidos de referentes, se entregan al culto de figuras que convierten el escándalo en pasaporte hacia la fama.

No es un caso aislado. La industria urbana, en sus aristas más tóxicas, ha normalizado la violencia, la misoginia y la apología del consumo trivial.

Algunos de sus exponentes han sido objeto de procesos judiciales por agredir física, sicológica y verbalmente a sus parejas y por consumo y posesión de drogas.

Otros, como castigos figurados a sus extravagancias, han sido reducidos a trabajos comunitarios que poco o nada sirven para resarcir los daños causados a la dignidad colectiva, y mucho menos para transformar en algo útil sus desquiciadas actuaciones.

Lo preocupante es la impronta que dejan las acciones de esos cantantes urbanos en jóvenes y adolescentes, muchos de los cuales caen en la tentación de replicar su jerga y comportamientos.

Más allá de la indignación puntual, lo urgente es asumir un cambio de paradigma. La sociedad no puede seguir educando desde la permisividad ni delegar su responsabilidad en algoritmos que aplauden lo vulgar.

Si queremos que los jóvenes se reconcilien con la grandeza de lo humano, debemos ofrecerles referentes de nobleza, de esfuerzo y de auténtica creatividad.

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