Lo vi acercarse con pasos firmes, decidido, como quien reclama un lugar en el mundo. Su cuerpo atlético, su porte erguido y la seguridad en su mirada desentonaban con la petición que llevaba en los labios. Quería o necesitaba cien pesos, “o lo que sea”, para desayunar.
Aquella contradicción me estremeció más que sus palabras. No era un anciano vencido por el tiempo ni un hombre consumido por la enfermedad. No pasaba de los cuarenta y cinco años. Tenía fuerza, presencia, incluso dignidad en su forma de hablar.
Por eso, quizás sin tacto, le pregunté por qué no trabajaba. Su respuesta fue breve, casi mecánica: “He buscado, pero no encuentro”. No supe si creerle. Tal vez mentía, o quizás decía una verdad demasiado repetida como para sonar convincente.
Sin embargo, mientras se alejaba, la duda dejó de importarme. Lo que quedó fue una incomodidad persistente, una especie de vergüenza compartida. Porque no era solo él. He visto muchos como ese hombre: sanos, lúcidos, en edad productiva, atrapados en la orilla de la vida, extendiendo la mano en lugar de ofrecerla.
Entonces me pregunto qué estamos haciendo mal. ¿En qué punto se rompe el vínculo entre la capacidad y la oportunidad? ¿Cuándo un hombre deja de buscar con esperanza y empieza a pedir con resignación? No estamos solo frente a un problema individual; es una grieta social que nos hace cómplices.
Hay algo indignante en ver la fuerza convertida en necesidad. No por quien pide, sino por una sociedad que parece no saber qué hacer con su gente cuando queda fuera del sistema.
Aquel encuentro no me dejó una respuesta. No la esperaba. Sí quedé con la certeza de que detrás de cada pedigüeño callejero hay una historia que, de algún modo, también nos pertenece.
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