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El chofer de Uber

Por Oscar Quezada

#Aire acondicionado #Chofer #Uber

Ese día decidí montarme en Uber. A veces prefiero dejar mi vehículo en casa para tener contacto directo con la gente. Periodista al fin, nunca sabemos si terminamos atrapados por una historia que no estaba en agenda.

Era una distancia relativamente corta y el chofer un joven de unos 24 años. Hablando más rápido que un arma de repetición automática me contó casi la mitad de su vida, desde una novia que lo había dejado al enterarse que trabajaba en Uber, hasta una acalorada discusión con un borracho que le pidió un servicio.

El aire acondicionado de su carro color gris coreano estaba dañado. En vez de frío, disparaba llamaradas de fuego que iban directo a mi cara. Aquello no era climatización, sino una sucursal del infierno con cuatro ruedas.

Yo sudaba copiosamente, pero el joven seguía hablando sin parar y con la tranquilidad de quien descansa en resort cinco estrellas.

—Con lo que haga hoy, arreglo el aire, patrón—me dijo, con la boca llena de risa y sin preocupación.

Lo miré y pensé, ‘este sujeto tiene más problemas que kilómetros por correr’. Su novia lo dejó alegadamente por ser pobre y el vehículo busca moro amenazaba con convertirnos en dos pollos al horno.

Sin embargo, el tipo conservaba muy animado. También me confesó que quería ir a la universidad. Ahí aproveché mi condición de pasajero, periodista y consejero improvisado para recomendarle que se matriculara.

Le dije, además, que olvidara a la novia. La vida sigue, le recordé, aunque algunas rupturas duelan más que una factura eléctrica.

Lección aprendida: Aquel joven demostró que se puede andar con el corazón averiado y tener situaciones adversas, sin perder el buen humor. Mientras yo me derretía en el asiento, él seguía trabajando, haciendo planes y contando su historia sin pedir lástima.

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