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Fe y previsión

Por Oscar Quezada

#Fe #PREVISION

Los dominicanos, como muchos pueblos de alma cálida y corazón creyente, hemos adoptado una manera particular de caminar por la vida. Actuamos como si el mañana estuviera garantizado, como si el dolor, la pérdida o la adversidad fueran realidades ajenas, reservadas para otros.

En nuestra cotidianidad, no suele haber espacio para imaginar lo inesperado. No prevenimos porque, en el fondo, nos convencemos de que a nosotros no nos va a pasar.

Esta forma de vivir, tan llena de fe y esperanza, tiene una belleza innegable, porque confiamos en el porvenir, nos entregamos al día con la certeza de que todo saldrá bien. Sin embargo, también encierra una trampa sigilosa.

Cuando la tragedia llama a la puerta nos encuentra desprovistos, vulnerables, incapaces de actuar más allá de la improvisación. Entonces, nos invade la angustia de quien se siente traicionado por su propia ilusión. Y como pueblo creyente, levantamos la mirada al cielo, pidiendo auxilio divino, olvidando que la providencia no está reñida con la previsión, sino que, muchas veces, la exige. La filosofía de la prevención no es una negación de la fe; es su complemento en este mundo donde lo incierto es ley. Prever es un acto de humildad.

Es reconocer que somos frágiles, que lo que hoy está puede no estar mañana. Tener un plan no es desconfianza en Dios, sino respeto por el don de la vida que se nos ha concedido. No hay cultura de prevención porque no hay conciencia clara de la vulnerabilidad.

No pensamos en el seguro hasta que perdemos todo; no hablamos de evacuaciones hasta que las aguas nos inundan; no reflexionamos sobre la salud hasta que la enfermedad nos doblega. Prever no es vivir con temor, sino con sabiduría. Prepararnos no es perder la fe, sino fortalecerla con responsabilidad.

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