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Miremos más adentro

Por Oscar Quezada

#Opinión #Santiago #violencia

Lo ocurrido en Santiago no puede verse como un hecho aislado ni como una simple reacción desbordada. Un hombre perdió la vida en medio de una persecución, y eso obliga a mirar más allá del caso.

Obliga a preguntarnos en qué momento la agresividad empezó a parecer una respuesta normal frente a cualquier conflicto. En la República Dominicana se ha ido instalando una peligrosa cultura de irritación permanente.

Se discute por un roce en el tránsito, por una mirada mal interpretada, por una palabra dicha en mal tono… Por todo. Situaciones pequeñas terminan convertidas en golpes, heridas o muertes.

La desproporción se ha vuelto frecuente, y eso debería alarmarnos. El problema no es solo de delincuencia. Hay una violencia cotidiana que se expresa en el lenguaje, en el manejo, en las redes sociales, en la intolerancia frente al otro.

Se nota en la facilidad con que muchas personas pasan del desacuerdo al ataque. Como si convivir se hubiera vuelto una competencia de imposiciones.

El caso de Santiago retrata además otro fenómeno inquietante: la fuerza de la multitud cuando pierde sentido de responsabilidad. Cuando un grupo persigue y golpea por cuenta propia, aparece una forma de barbarie que no necesita armas, porque le basta el impulso del momento y la ausencia de límites.

Pero esta realidad no nació sola. Se alimenta de impunidad, frustraciones acumuladas, desigualdades, educación cívica debilitada y de “resolver” tiros, trompadas y machetazos. Cuando desde niños se crece viendo que el más agresivo impone condiciones, esa conducta termina reproduciéndose.

Tal vez el mayor peligro no sea la violencia misma, sino acostumbrarnos a ella. Leer estos hechos como una noticia más, indignarnos por unas horas y seguir.

Un país no se deteriora únicamente cuando fallan sus instituciones. También cuando sus ciudadanos dejan de reconocerse como personas dignas de respeto.

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