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Patas arriba: con su permiso, Galeano

Por Juancito Pérez

#Galeano #Opinión

Hay países que no están al revés por accidente, sino por diseño. Sociedades donde la lógica se invierte y la injusticia se administra con protocolo. Eduardo Galeano llamó a ese fenómeno el mundo al revés. Hoy, sin pedirle perdón sino permiso, volvemos a mirarlo de frente.

En buena parte de la clase política contemporánea, la coherencia dejó de ser virtud y el trabajo dejó de ser mérito. Se premia al que no trabaja y se castiga al militante que sí suda la camiseta en una campaña. Se asciende al desleal y se margina al leal. Se halaga al vago y se sospecha del trabajador. Se corteja al enemigo y se enfría al amigo. Y lo más cruel: se fustiga, se aplasta y se humilla a quien cree, a quien defiende, a quien permanece.

Este mundo patas arriba tiene reglas claras, aunque no escritas. La primera: el oportunismo cotiza más alto que la convicción. La segunda: la lealtad estorba. La tercera: pensar demasiado es peligroso. Y la cuarta: trabajar no garantiza nada, excepto cansancio.

En este escenario, el militante —esa figura cada vez más incómoda— pasa de ser columna vertebral a estorbo. Es útil en campaña, invisible en la victoria y prescindible en el gobierno. Se le pide sacrificio, tiempo, recursos, pero se le paga con silencio. Mientras tanto, quienes nunca caminaron un barrio ni defendieron una idea en la calle, aparecen de pronto con oficinas, cargos y micrófonos. El mundo al revés no castiga la incoherencia: la celebra.

La política, que debería ser un ejercicio de servicio, se convierte en una feria de vanidades. Importa más la foto que la obra, más el discurso que el resultado, más la cercanía circunstancial que la trayectoria probada. Se confunde astucia con inteligencia y cálculo con liderazgo. Y así, poco a poco, se va desmoralizando a los mejores y empoderando a los peores.

Pero este orden invertido no es inocente. Castigar al que trabaja y premiar al que no, tiene un efecto disciplinador: enseña que no vale la pena esforzarse, que creer es ingenuo y que la dignidad no paga facturas. Es una pedagogía perversa que erosiona la esperanza y vacía de sentido la participación política.

Lo más trágico es que, en este mundo patas arriba, se normaliza la ingratitud. Olvidar al que estuvo cuando no había nada se vuelve práctica común. Reescribir la historia para acomodar el presente se vuelve estrategia. Y el cinismo, lejos de avergonzar, se exhibe como señal de madurez política.

Sin embargo, incluso en este escenario invertido, hay quienes insisten. Insisten en trabajar, en ser leales, en creer que la política puede ser algo más que reparto. Son minoría, sí, pero también son memoria. Y mientras exista memoria, existe posibilidad de enderezar lo torcido.

Galeano nos advirtió que el mundo al revés enseña a mirar con los pies y a caminar con la cabeza. Tal vez ha llegado el momento de volver a ponerlo de pie. No para idealizar la política, sino para devolverle algo esencial: la decencia.

Porque cuando se premia al vago y se castiga al trabajador, cuando se exalta al desleal y se pisotea al leal, no solo se traiciona a personas: se traiciona al futuro.Y ningún país sobrevive mucho tiempo viviendo —y gobernándose— patas arriba.

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