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Diez cubículos, una cajera y 50 almas en pena

Por Oscar Quezada

#Bancos #Bancos en República Dominicana #Filas #República Dominicana

Ir a un banco comercial dominicano es un cruel e implacable viacrucis, donde la tediosa y molestosa espera se paga con tiempo, paciencia y algo de dignidad.

La escena podría ocurrir en cualquier banco. Diez cubículos vacíos, pero apenas dos cajeras —una si se va al baño o decide almorzar antes de que la piedad la alcance— mientras una fila de 50 personas serpentea por la sala como una procesión sin santo.

Mujeres con niños en brazos, ancianos que ya no distinguen si el dolor en las piernas viene del reuma o del tiempo en pie. Hombres que fingen no tener prisa mientras el sudor les delata en la espalda. Todos tienen algo en común: el rostro crispado por una espera que ya supera las dos horas.

En medio de los cubículos vacíos, una joven cuenta dinero con la devoción de una monja frente al altar. Billetes de todas las denominaciones pasan entre sus dedos como estampitas benditas.

A su lado, otra funcionaria hojea papeles como si leyera una encíclica bancaria. Ambas están tan concentradas que podrían estar resolviendo el misterio de las finanzas internacionales, y no el drama cotidiano de una señora que fue a cambiar un cheque y por la larguísima espera estuvo a punto de romperlo.

Mientras tanto, los de la fila se van transformando. Ya no son clientes; son mártires. La paciencia se deshilacha y las quejas empiezan a subir de volumen. Primero susurros, luego frases altisonantes y finalmente gritos de guerra. Pero el banco tiene oídos de mármol y corazón de piedra. De pronto, como si bajara de los cielos una figura celestial, una oficial de cuentas aparece con un cliente «diferido». No tiene capa, pero su poder es tal que su acompañante atraviesa la fila sin inmutarse y llega directo a caja.

Y ahí, como si se activara un resorte colectivo, la fila ruge. El privilegio siempre huele mal cuando uno lleva dos horas oliendo el mismo perfume de sudor ajeno.

Los cubículos vacíos siguen ahí, como monumentos a la ineficiencia. La joven contadora de billetes echa una ojeada rápida a la muchedumbre, pero regresa a su torre de papel moneda sin alterar el ritmo. Nadie explica nada. Nadie se disculpa. Nadie llama a los próximos.

Algunos se retiran, rabiosos, pero regresan a los cinco minutos. Porque saben, como todos los que están ahí, que fuera del banco tampoco se resuelve nada. Que el trámite hay que hacerlo. Que la espera, por larga que sea, es parte del sistema. Total, quien espera lo mucho…

En este teatro de lo absurdo, los bancos han perfeccionado el arte de hacer que el cliente se sienta afortunado cuando, tras tres horas, por fin escucha su nombre.

Y es que, al final, la gran hazaña no es resolver su gestión. Es haber sobrevivido a la espera. ¿Una nueva estrategia de fidelización? Tal vez. Nada une más que el sufrimiento compartido.

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