Nos hemos acostumbrado a vivir mal. No por pobreza monetaria ni por falta de leyes, sino por una peligrosa combinación de desorden, viveza ejercida con descaro espantoso y desprecio por el derecho ajeno.
Las aceras, concebidas para el peatón, se han convertido en extensiones improvisadas de las calles. Conductores imprudentes suben sus vehículos sin pudor, obligando a niños, ancianos y personas con discapacidad a lanzarse al asfalto. Nadie se inmuta. Nadie se disculpa. Y el que protesta tiene un problema asegurado.
En las filas de bancos y supermercados, el irrespeto es casi una tradición. Siempre hay quien intenta colarse con el conocido pretexto de que solo “va a preguntar” o simplemente se impone el tráfico de influencia basado en la relación con el “pana” que trabaja dentro del establecimiento.
El ruido es otro síntoma del salvajismo moderno. Bocinas a todo volumen en barrios donde el desorden se confunde con sana diversión.
Por eso no es raro escuchar un dembow a todo dar con “tigueres” y “tigresas” que botella en manos consumen su contenido y guardan el envase para “romperle la madre” al policía que intenta bajarle la música. El descanso del otro es lo que menos importa.
Los espacios públicos no hacen honor a su nombre, porque tienen propietarios legitimados por la costumbre de beber romo en las aceras y jugar dominó en plena calle.
Lo más grave no es el caos, sino la resignación. Nos quejamos, pero repetimos las mismas conductas. Exigimos orden y no disciplina. Queremos derechos sin deberes. Democracia sin reglas. Sociedad sin límites.
Cuán equivocados estamos al pensar que un país solo se destruye desde el poder. No, también se derrumba cuando sus ciudadanos deciden comportarse como animales de selva.
Y mientras celebremos esa conducta, seguiremos siendo víctimas de nosotros mismos.
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