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Cuando los hijos crecen

Por Oscar Quezada

#Ciclo #Opinión #Oscar quezada

Ser padre es una tarea permanente. Aun cuando los hijos se hacen adultos y arman sus propias vidas, uno no deja de ser un celoso guardián, siempre pendiente a cada evento que les concierna.

No hay distancia que desactive esa conexión íntima que se forma en los primeros años de crianza, cuando aprendemos a intuir el llanto y a medir los peligros con la mirada.

Pero hay un ciclo decisivo que todo padre responsable teme, siendo incluso consciente de que es natural. Y es ese instante en que los hijos empiezan a abrir la puerta hacia un mundo fuera de nuestro abrigo.

No es fácil ver cómo los niños que criamos con esmero empiezan a explorar lo desconocido, ya en una etapa distinta de sus vidas. El tránsito hacia la adolescencia y luego la juventud es un proceso cargado de preguntas, dudas y descubrimientos.

Para ellos, es un despertar. Para los padres, una prueba. No porque falte confianza, sino porque sabemos, con la experiencia acumulada, lo que hay en ese mundo exterior: tentaciones, decisiones apresuradas, heridas necesarias y riesgos que se ocultan en lo atractivo.

Hay una inquietud constante. ¿Estará bien? ¿Sabrá decir no? No lo decimos en voz alta, porque el exceso de vigilancia puede asfixiar. Pero todo padre que crió a sus hijos con amor siente esa punzada cuando los ve cruzar el umbral de casa, mochila al hombro, celular en mano y auriculares puestos.

Y es que el mundo que enfrentan no es el mismo que vivimos, aunque con desafíos comunes, como la necesidad de pertenecer, incertidumbres y presión social. Por eso, los padres seguimos ahí. Sin invadir, pero sin apartarnos.

Mientras ellos experimentan un mundo nuevo, nosotros intentamos adaptarnos, con la esperanza de haber sembrado lo suficiente para que nuestros retoños florezcan lejos de nuestra sombra.

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