El Instituto Nacional de Tránsito Terrestre (Intrant) abandonó a su suerte a Verón-Punta Cana, y lo hizo con la frialdad de quien sabe que nadie le pedirá cuentas. En esta zona turística, donde miles de personas se mueven cada día y el flujo de vehículos crece sin ningún control, el organismo que debería velar por el orden vial ha decidido, simplemente, no hacer absolutamente nada.
Lo que queda es un caos mayúsculo, una selva de bocinas, imprudencias y choferes indecentes que convierten las calles en verdaderos campos minados.
Los accidentes son el pan de cada día. La muerte y las lesiones graves se reparten como si fueran parte inevitable de la rutina. No hay operativos sostenidos, no hay controles de velocidad, no hay fiscalización real. Ni siquiera existe un estudio serio que diga cuántos vehículos circulan aquí. El parque vehicular de Verón Punta Cana es un misterio que nadie se atreve a descifrar, porque reconocerlo implicaría admitir el tamaño del problema.
Mientras tanto, los directivos del Intrant parecen más preocupados por defenderse en los tribunales y responder a cuestionamientos que comprometen su reputación, que por cumplir la misión para la que existen. El tránsito en esta zona no es su prioridad; la prioridad es salvar su propio pellejo.
Pero el abandono no es solo institucional, también es político. Los líderes de La Altagracia, tan rápidos para pedir votos y tomarse fotos en inauguraciones, se han vuelto maestros en el arte de callar. No hablan del caos vial, no exigen soluciones, no presentan propuestas. Es un silencio que huele a complicidad o, en el mejor de los casos, a cobardía.
Lo más grave es que esta indiferencia está normalizando la tragedia. Morir atropellado en Verón-Punta Cana ya no es noticia; es estadística. Y en un lugar donde la economía se vende al mundo como un paraíso turístico, la realidad de sus calles es una vergüenza que las autoridades prefieren barrer bajo la alfombra.
La pregunta es: ¿hasta cuándo? ¿Hasta que un accidente de estos le cueste la vida a un turista y la imagen internacional se tambalee? ¿O hasta que la indignación de la gente sea tan grande que no haya comunicado oficial capaz de esconderla? Por ahora, la única certeza es que, para el Intrant y los políticos locales, la vida en Verón-Punta Cana vale menos que una foto en campaña.
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