En Verón-Punta Cana tenemos el privilegio de vivir rodeados de verdaderos artistas urbanos. No hablamos de pintores, ni músicos callejeros. Hablamos de los motoristas y pasoleros, esos héroes anónimos que convierten cualquier calle en un circo improvisado.
Estos gladiadores del pavimento no reconocen normas de tránsito, porque ¿quién necesita semáforos o señales cuando tienes el don divino de la improvisación?
Rayan vehículos de todas las marcas y años, y mientras más nuevos, mejor para ellos, porque su hazaña tendría más valor en sus cuentos de colmadones.
Ellos no doblan, sino que se teletransportan. No frenan, desaparecen y aparecen de la nada, a toda velocidad y muertos de risas, como si se lo gozaran.
Y si por casualidad un carro los choca, se levantan, sacuden el polvo y continúan su espectáculo como si nada: el show debe continuar.
El caos vehicular sería aburrido sin motoristas. ¿Quién no disfruta del suspenso de ver a tres pasoleros adelantando por la derecha, por la izquierda y por el centro al mismo tiempo? ¡Ni Netflix logra tanta adrenalina en tan poco tiempo!
Claro, no podemos olvidar su participación estelar en los accidentes de tránsito.
Ellos no son protagonistas secundarios, no señor. Si hay un choque, allí están: como actores principales, doblando escenas de acción que ni Hollywood se atreve a grabar.
Por eso, desde aquí hacemos un llamado —muy serio, aunque suene irónico—: cuidemos a estos artistas del peligro. Protejamos a los motoristas y pasoleros, porque sin ellos, nuestras calles serían simplemente… seguras. Y qué aburrimiento sería eso.
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