Por Rafael Barón Duluc Rijo
El caso de Tulum debería servirnos como espejo de advertencia y oportunidad. Hace apenas unos años era un paraíso admirado por su mezcla de naturaleza, espiritualidad y sofisticación; hoy enfrenta una caída en la ocupación hotelera, playas vacías y una pérdida de encanto que preocupa a todo el Caribe.
Las causas son múltiples, ambientales, sociales y económicas, pero todas giran en torno a una idea central: cuando el crecimiento turístico se desborda sin planificación, el éxito se vuelve frágil.
En Tulum el sargazo se acumuló durante meses sin manejo integral; los cenotes se contaminaron por falta de tratamiento de aguas residuales; los precios se dispararon sin corresponder al valor ofrecido; y las playas, antaño públicas, comenzaron a sentirse privatizadas.
A eso se sumó el aumento de la inseguridad y la saturación urbana sin servicios básicos.
El resultado fue un destino caro, caótico y degradado que empezó a espantar a sus propios visitantes. Hoy, los videos de calles vacías y hoteles semidesiertos son la muestra más clara de que ningún paraíso es eterno si se abusa de él.
República Dominicana, por fortuna, está en el extremo opuesto: rompemos récords de llegadas, gozamos de estabilidad y somos el destino más sólido del Caribe.
Pero precisamente por eso debemos mirar el ejemplo de Tulum no con soberbia, sino con prudencia. El éxito no se administra en piloto automático; se protege con planificación, sostenibilidad y transparencia.
Tenemos retos que no pueden posponerse: el manejo del sargazo, que ya impacta a Punta Cana, Bayahíbe y Samaná, la necesidad de plantas de tratamiento en los polos turísticos, la presión sobre los acuíferos, el acceso libre a las playas y la integración de las comunidades que sostienen la industria.
Si no enfrentamos esos temas con visión de Estado, podríamos ver en unos años los mismos síntomas que hoy lamenta México.
El turismo dominicano debe seguir creciendo, pero de manera inteligente, ordenada y con sentido humano. Invertir en la protección costera, diversificar la oferta más allá del sol y playa, garantizar precios justos y reforzar la seguridad turística son pasos ineludibles.
Y tan importante como eso, hay que devolverle al entorno local parte del beneficio que genera el visitante: mejores servicios, empleos dignos y oportunidades de desarrollo.
Tulum nos enseña que el turismo no muere de un golpe, sino de pequeños descuidos acumulados.
Cada decisión que tomemos hoy, desde la gestión del sargazo hasta el respeto a los ecosistemas, definirá si dentro de diez años hablaremos de un país que aprendió a tiempo o de un paraíso que se confió demasiado.
República Dominicana tiene todo para seguir siendo el ejemplo positivo de la región. Solo debemos cuidar lo que ya tenemos: nuestras playas, nuestra gente y nuestra reputación, que valen más que cualquier edificio nuevo frente al mar.
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