Desde muy temprano en mi ejercicio profesional como periodista, aprendí que todo relato tiene fisuras, silencios y puntos ciegos. Y que el deber del periodista no es llenar espacios, sino escarbar incómodamente en ellos. Siempre escucho con atención y detenimiento, pero saber que no es el cuento sino quién y cómo se cuenta me permite condicionar mi mente para dudar siempre de lo que me dicen y seguir investigando.
Nadie tiene el monopolio de la verdad y los hechos, y por duros que parezcan, siempre tienen más de una arista. Por eso siempre desconfío y me pregunto: ¿Por qué me dicen esto? ¿A quién beneficia o perjudica lo que me dicen? ¿Qué le falta a la versión que me cuentan? Solo entonces, y después de escuchar distintas versiones, me siento a escribir. Redactar una noticia con una sola versión es la forma más vulgar de manipular al lector incauto.
Lo más grave ocurre cuando esa versión única se convierte en un titular concluyente y se instala como verdad absoluta en la mente del lector. Tomar una declaración y convertirla en noticia sin contrastarla es un acto supremo de irresponsabilidad periodística. Esto se vuelve especialmente grave cuando se trata de procesos judiciales. Suele pasar que con una mera acusación muchos medios generan titulares concluyentes, creando expectativas que condicionan al lector a identificar culpables definitivos.
La fase preparatoria de los procesos judiciales se convierte en juicios públicos, y la presunción de inocencia queda triturada por la ansiedad de publicar primero una información a modo de “primicia”. Contar bien una historia no es repetir lo que nos dicen. La decisión de creer o no, es del lector. Porque informar no es imponer una versión, es darle al consumidor de información las herramientas para pensar por sí mismo.
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