En Verón, Bávaro y toda la zona turística, la muerte circula a diario y a todas horas a alta velocidad, en carros, motores, camiones y camionetas.
Cada día, alguien es atropellado por un vehículo conducido, muchas veces, por veloces y temerarios choferes del transporte turístico.
No importa si es de día o de noche, en una calle transitada o en una zona residencial: el riesgo es constante y real.
Las víctimas son muchas. Los responsables, casi nunca pagan. Y las autoridades, en su silencio complice, se vuelven parte activa del problema.
Esta no es una exageración. Es una tragedia cotidiana que ha dejado decenas de muertos, cuerpos mutilados, familias rotas y sueños arrancados de raíz.
Jóvenes, niños, adolescentes, adultos mayores, mujeres embarazadas… Todos han caído ante el volante de choferes que manejan con prepotencia, protegidos por una red de influencias, vacíos legales y una justicia ciega e irresponsable.
La vida humana, en estas vías, vale menos que una llanta de autobús podrido por el moho.
Los transportistas turísticos se han vuelto una clase intocable. Manejan a alta velocidad, violan señales, invaden carriles, y cuando ocurre una desgracia —que ocurre a diario—, casi nunca enfrentan las consecuencias.
La mayoría no pasa una noche en prisión. Las víctimas y sus parientes, en cambio, enfrentan años de dolor, rehabilitación o duelo interminable.
La justicia dominicana ha demostrado una incapacidad vergonzosa para actuar. No hay investigaciones serias, no hay consecuencias ejemplares, no hay voluntad política.
Las autoridades de tránsito, muchas veces corruptas o indiferentes, fingen controlar pero saben perfectamente quiénes dominan las rutas y cómo opera la impunidad.
Todos guardan silencio, como si estas muertes fueran el costo aceptable de tener turistas.
Mientras tanto, las calles se han vuelto una jungla. Un caos donde cruzar una avenida es una ruleta rusa.
El peatón, el motorista, el ciclista, el trabajador que va al hotel o vuelve de su jornada no tiene garantías de preservar su vida. Solo miedo.
Porque cada día en estas calles es una batalla por sobrevivir. Y en esta guerra desigual, el desprotegido siempre pierde.
El problema no es solo la imprudencia. Es un sistema podrido que protege a los que matan y olvida a los que mueren. Es una cultura de indiferencia institucional que ha normalizado lo inaceptable.
¿Hasta cuándo? ¿Cuántas muertes más se necesitan para que las autoridades actúen con firmeza? ¿Cuándo dejaremos de mirar hacia otro lado mientras la sangre corre por las calles de Verón y Bávaro?
La respuesta no puede seguir siendo el silencio.
![]()
![]()


