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¿Cuándo dejamos de ser amables?

Por Oscar Quezada

En algún momento, sin fecha exacta ni aviso previo, la cortesía comenzó a desvanecerse. Aquel gesto sencillo de abrir la puerta, ceder el asiento, ayudar a un envejeciente a cruzar la calle o cargar las bolsas pesadas de una mujer en el supermercado, se encuentra en avanzado estado de extinción. ¿Cuándo dejamos de ser amables? Vivimos en una época marcada por la prisa, por relojes que no esperan y por una tecnología que, si bien nos conecta virtualmente, nos aísla emocionalmente. La cortesía ha sido víctima de un sistema que valora más la productividad que la humanidad.

Estamos tan enfocados en nuestros asuntos y en nuestras pantallas que olvidamos mirar alrededor y notar las necesidades del otro. La amabilidad debería ser un hábito cotidiano. No cuesta nada, pero vale mucho. Puede cambiar el día de alguien, o incluso su vida. No se aprende solo en casa, sino también en la calle, en la escuela, en la manera en que tratamos a los desconocidos.

Ser amable debe ser una decisión consciente en un mundo que nos empuja a la indiferencia. Si cada uno vuelve a practicar pequeños gestos de bondad, tal vez podamos recuperar esa humanidad que nos une y que nunca debió perderse. La falta de cortesía empobrece nuestras relaciones interpersonales, porque le abre paso a la desconfianza, el egoísmo y la frialdad.

Así surgen sociedades más violentas, y más solitarias, donde la apatía se convierte en norma. Recuperar la cortesía es apostar por una convivencia más sana, donde podamos sentirnos parte de una comunidad y no simples individuos atrapados en la carrera diaria. Volver a lo básico —el saludo gentil, el gracias, el por favor, el ¿puedo ayudarte?— puede ser un buen comienzo para recuperar la esencia de lo que significa ser verdaderamente humanos.

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