PUNTA CANA. Pasaban apenas de las 2:00 de la tarde del pasado martes. En la avenida Barceló, en Verón-Punta Cana, el sol abrazaba sin piedad el asfalto, como si el calor pudiera anticipar la tragedia.
De pronto, una pasola irrumpió en la escena, acelerando hasta estrellarse contra un carro gris. La gente enseguida volteó para ver. Dos jóvenes yacían en el pavimento, una adolescente con el rostro desfigurado y un muchacho que apenas pasaba los 18, llorando desconsolado sobre ella.
La caída fue brutal. La angustia, inmediata. Algunos corrieron a ayudar, otros sacaron el celular para grabar, como dicta la costumbre morbosa de estos tiempos.
Las llamadas al 911 comenzaron a multiplicarse. Pero la espera parecía eterna. Diez, quince, veinticinco… treinta y cinco minutos y nada.
Y cuando por fin apareció la ambulancia, la escena tomó un matiz que duele más que la herida abierta en el rostro de la joven: los paramédicos se bajaron con parsimonia, sin prisa, como si se tratara de una simple revisión de rutina.
No hubo urgencia, ni alarma, ni humanidad. Pero lo más indignante vino después, cuando una joven paramédico, sin siquiera evaluar el estado de la adolescente, lo primero que preguntó fue: “¿Son menores?”.
Luego se dio media vuelta, no para buscar un collarín, un suero o una camilla, sino para seguir llenando papeles. El protocolo, como tantas veces, pesó más que la vida.
¿Cuántas veces más tenemos que ser testigos del fracaso del sistema de emergencia en nuestra zona? ¿Qué parte del concepto emergencia no se entiende en estos servicios?
Las instituciones responsables del 911, incluyendo los cuerpos de socorro, tienen que rendir cuentas por su indiferencia y por una burocracia que, en muchos casos, termina costando vidas.
Esta no es solo una crítica al desempeño de unos paramédicos lentos y desinteresados. Es una denuncia a un sistema que prioriza los formularios antes que la atención inmediata. Ese día, una adolescente pudo haber muerto mientras el protocolo se llenaba línea por línea.
Verón-Punta Cana no puede seguir creciendo con un sistema de atención de emergencias que actúa con apatía, como si las vidas en esta parte del país valieran menos.
La población merece un servicio digno, rápido y eficiente. Merece respeto. Y sobre todo, merece que el dolor humano vuelva a estar en el centro de la atención. No en el último renglón del formulario.
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