Por Juancito Pérez
Vivimos tiempos en los que lo esencial parece diluirse entre la prisa, la conveniencia y el ruido. En ese contexto, los detalles esos gestos aparentemente pequeños adquieren un valor milimétrico. No por su tamaño, sino por su capacidad de distinguir, de reconocer al otro y de honrar la lealtad servida con respeto y agradecimiento.
La distinción no es ostentación; es sensibilidad. El respeto no es miedo; es reconocimiento. Y el agradecimiento no es una concesión; es justicia.
La descomposición social se manifiesta en múltiples aspectos de la vida diaria: en el trato cotidiano, en la pérdida de la palabra empeñada, en la indiferencia frente al esfuerzo ajeno. Pero es en el ejercicio político donde esta erosión se vuelve más visible y costosa.
La política, que debería ser el arte de servir, se ve a menudo reducida a una mecánica de resultados, cifras y boletines, olvidando que detrás de cada proceso hay personas con historia, sacrificio y esperanza.
A dirigentes de alto, medio y base les gusta y les corresponde ser tomados en cuenta, ser respetados y distinguidos. No se trata de lisonjas irracionales ni de halagos electorales para capturar un voto; se trata de humanidad.
De entender que la dignidad no se negocia y que el reconocimiento sincero fortalece instituciones y comunidades. Alejandro Fernández lo canta en Mátalas cuando dice que no hay una mujer en este mundo que pueda resistirse a los detalles. Y es cierto. Pero no solo la mujer: ningún ser humano es indiferente al detalle honesto.
Tras el último boletín de la JCE, se declare vencedor o no, queda en pie un ejército de hombres y mujeres con razón, corazón y alma. En su mayoría no persiguen beneficios pecuniarios personales; buscan algo más profundo y duradero: distinción, cariño, respeto y tiempo de calidad, aunque no sea de cantidad. Buscan ser vistos, escuchados y considerados.
Desde tiempos remotos se ha dicho que Satanás está en los detalles. Yo, como hombre creyente, temeroso de Dios y formado en un colegio católico como la Escuela Liceo Juan XXIII de La Salle, en Higüey, me permito decir algo más: el Señor Todopoderoso también está en los detalles.
En el saludo oportuno, en la llamada que llega a tiempo, en el agradecimiento público y en la lealtad correspondida. Cuidar los detalles es cuidar a la gente. Y cuidar a la gente es la forma más alta de hacer política.
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