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PLUMA DEL ESTE

Por ELISA MERCEDES DE LA ROSA

Cuando el dolor del otro no importa

Tristemente, los seres humanos nos encaminados hacia una deshumanización tal, que, sencillamente asusta.

Mueren 15 jóvenes en forma violenta en La Romana y si no fuera porque cuatro de ellos murieron en un mismo día, hora y lugar, en un supuesto intercambio de disparos, posiblemente, nadie se habría enterado. La prueba está en que los otros 11 murieron y sus muertes pasaron “sin pena ni gloria”.

Vivimos en una sociedad que, prácticamente, ya no reacciona con asombro frente a un acto de violencia, y si lo hace, es con el objetivo de analizar el comportamiento de la víctima y rectivimarla acusándole de ser culpable o de haberse buscado el mal que le hicieron.          

Estamos asistiendo al momento en que nos convertimos en una sociedad de indolentes. En donde todo se justifica. Se justifica si matan a una mujer por vestirse con pantalones ajustados o con faldita corta. Se justifica que se viole y se mate a una niña si esta es muy juguetona y risueña.

“Es que esa niña era muy movidita”. “La culpable es la mamá”. “Ella se lo buscó” “de seguro quiere dinero”, se escucha decir con frecuencia cuando una niña es violada y en muchos casos asesinada. Pero el colmo está en que cuando alguien reclama por un servicio deficiente, se le señala como cabeza caliente y hasta se justifica que se le intervenga el teléfono al menor asomo de disidencia o no alineación frente a las ideas del otro.

Una parte de nuestra sociedad ha dejado como materia del pasado la empatía, la solidaridad, sororidad y al “pregón de la justicia”. Realmente…»dolor ajeno no quita sueño».

Preocupantemente, asistimos a generaciones de una sociedad muy diligente cuando se trata de lo económico. Vemos a una parte de la sociedad que está dispuesta a llevarse a quien sea por delante si se trata de ganar o más bien, de arrebatar más, aunque para ello sea necesario “arrancar cabezas”.

Estamos frente a generaciones de seres humanos que ve al otro por encima del hombro y a quien no le importa el dolor de esa otredad, por eso se ve como normal la negación de justicia a una madre que ha tenido que enterrar a su hija, muerta en circunstancias extrañas, o ver acribillar a jóvenes que fueron ultimados cuando lo que se debió hacer era apresarles y llevarlos a la justicia para ser juzgados. Estamos normalizando lo anormal.

Lo normal debe ser lo justo, lo demás es injusticia.


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