En el año 2008, mi condición de reportero me concedió una experiencia que marcó mi vida profesional y humana. Fui invitado a Puerto Rico, junto a otros colegas periodistas dominicanos, por el Gobierno de los Estados Unidos para conocer las operaciones de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP, por sus siglas en inglés), una agencia que resguarda las fronteras y vela por la legalidad del comercio y el tránsito humano.
Lo que comenzó como un viaje de aprendizaje, terminó siendo una lección inolvidable. Recorrimos varios puntos estratégicos en Puerto Rico, incluyendo la enigmática Isla de Mona, un islote inhóspito a unas 45 millas náuticas de la vecina isla.
Ese lugar solitario, deshabitado y ardiente ha sido por décadas un punto de paso para quienes intentan alcanzar un sueño que suele terminar en pesadilla.
Pero no estaba preparado para lo que viví y sufrí. Sobrevolábamos la costa de Aguadilla en un helicóptero militar, cuando la voz del piloto nos alertó que una embarcación sobrecargada acababa de tocar tierra borinqueña.
Con pies tambaleantes, quemados por el sol y el miedo pintado en sus rostros, decenas de dominicanos corrían en todas direcciones, pero sin saber exactamente hacia dónde iban. Los agentes del CBP los perseguían.
La escena me paralizó. Un joven, de unos 25 años, se desplomó en la arena, mientras del bolsillo de su pantalón empapado se deslizaba una funda plástica con mentas que llevó consigo para mitigar el hambre durante la travesía.
Me miró con ojos espantados. Sus labios eraban partidos por la sed. Cada menta era una hora sin comer, un día de incertidumbres en alta mar, una madre que dejó hijos y un país que no pudo asegurarles un futuro prometedor.
Me quedé paralizado. Ese día no fui periodista. Fui testigo de un episodio cruel, injusto…inmerecido.
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