Gracias a mi oficio de reportero, he tenido el privilegio de recorrer gran parte de nuestra geografía. He recorrido cada campo, cada monte, cada pueblo olvidado por retóricas embriagantes.
He recorrido mi país, caminando, preguntando, escuchando. Y mientras más lejos estaba de la capital, donde ejercí por muchos años mi profesión, más profundo me tocaban esas experiencias. Y si algo tuve siempre bien claro es que la distancia no solo es geográfica, sino también social, humana, moral.
A mayor distancia, mayor abandono. Más injusticia. Más olvido. Lo viví de frente un día cualquiera, en una comunidad perdida cerca de la frontera. Allí conocí a un niño. Tenía ocho años. Andaba descalzo, con la ropa sucia y la cara curtida por el sol. Me miraba como quien busca conversación.
Le pregunté su nombre. Me respondió sin miedo. Hablamos. Me contó que no iba a la escuela porque tenía que trabajar en predios agrícolas para ayudar al sustento familiar. Tenía cinco hermanos y vivían en una casucha de zinc, sin luz, sin agua…sin nada. Yo lo escuchaba, con el corazón encogido. Hablaba como un niño, pero con la naturalidad y sabiduría de un adulto.
Era evidente que la vida no le sonreía. Nos despedimos media hora después. Y mientras me alejaba, sentí culpa. Yo regresaba a un lugar más confortable y seguro. Lo dejaba atrás, atrapado en sus miserias y vivencias inmerecidas. Ese niño no se me ha ido nunca.
A veces, cuando estoy escribiendo, lo veo en mi cabeza. Quieto. Mirándome igual que aquel día. Y entonces soy más consciente de por qué hago esto. Por qué investigo, por qué denuncio, por qué a veces la indignación me desborda. Porque no puedo permitir que estas historias se diluyan entre el bullicio y lo trivial.
![]()
![]()


